El debate sobre la descendencia humana se ha prestado a acaloradas discusiones. Por un lado se hallan los evolucionistas que sostienen que hemos descendido del mono y, por otra parte, se encuentran los adeptos a la Teoría de la Evolución Humana, basada en el Origen de las Especies de Charles Darwin, según la cual todos los seres vivos comparten la herencia genética de un único y remoto antepasado común. No obstante, en ambos casos se usa la palabra “mono” cuando no es un término admitido por la ciencia y tampoco se puede hablar de un solo ancestro en común -uno solo- como el responsable del origen de la humanidad.

Estas imprecisiones parten de un hecho: comúnmente usamos paradigmas que nos engañan. Si se le pregunta a alguien ¿dónde está la naturaleza? La respuesta inmediata es apuntar hacia un paisaje o vegetación sin considerar que se halla en la propia persona. Asimismo, el famoso científico Carl Sagan hacía referencia a una realidad imaginaria en el ser humano, contenida por elementos subjetivos que en buena parte consisten en emociones y fantasías. Fruto de ello es el cómo cada quien concibe conceptos tan abstractos como nacionalismo, religión, deidades o, incluso, al valor que se le otorga al dinero y hasta a los derechos humanos, que a veces excluyen al de los animales que comparten con nosotros nuestro ADN.

El legado de Sagan ha trascendido en el tiempo. Su tumba ubicada en el cementerio de Ithaca al norte de Nueva York, en los Estados Unidos, es visitada a diario por decenas o centenas de personas que desean estar cerca del genio astrofísico. Y esto tiene que ver con esa emoción o ideal imaginativo de estar cerca de los restos de sus moléculas de su ADN. Incluso aun en las épocas invernales más crudas, las visitas no cesan. Este hombre de ciencia fue muy claro al explicar la evolución de la vida en la Tierra y en vez de hablarnos de un millón de años, él lo hacía de una forma más digerible: empleaba comparaciones que resultaban fáciles de entender. En su documental Cosmos, Sagan decía: “imagínate que 24 días es un billón de años.

Y un segundo, por lo tanto tiene 475 años, entonces el Big Bang habría ocurrido el primero de enero, la Vía Lactea habría aparecido el primero de mayo; el Sistema Solar, el primero de septiembre; la vida en la Tierra habría dado sus primeros signos el 25 de septiembre, y los primates parecidos al humano que evolucionarían hasta el homo sapiens nacen el 31 de diciembre, a las 10:30 de la noche. Homo Sapiens… un ser extraordinario Yuval Noah Harari, autor del libro Sapiens, de animales a dioses, explica que el homo sapiens ha logrado dominar la Tierra, explorar parte del Universo con naves no tripuladas y evolucionar de forma extraordinaria gracias a la plasticidad cerebral. Es una ventaja sustancial el que el cerebro humano cuente con la neuroplasticidad o el modo en el que las neuronas se conectan entre sí. A decir del científico español, Ramón y Cajal, el cerebro no está compuesto por una embrollo de células compactadas, sino que están separadas unas de otras. Y aunque trabajan de forma autónoma, cuando realizan conexiones entre sí, intercambian valiosa información para que se incrementen las habilidades mentales.

La plasticidad cerebral aporta invaluables beneficios: permite asumir nuevos roles y tareas, así como adaptarse a nuevos experiencias y poner en práctica los aprendizajes de vida. Facilita la cooperación entre otras personas de forma flexible y no estancada como es el caso de las abejas que ejercen una función determinada, inamovible y jerárquica, tal y como se ve con las obreras, las reinas o las que se sacrifican para defender la colmena. Hay que decir que la cooperación masiva que surge entre humanos se logra gracias a las creencias colectivas. El creer en una ideología, un ser superior o en una ilusión es el combustible que inyecta el deseo de participación, ayuda y lealtad. Sin ello, no habría un elemento que alinee a un grupo de personas para que se muevan por un ideal común. Los relatos, fábulas, historias, códigos verbales que se transmiten de generación a generación y el lenguaje como tal también juegan un papel importante para potenciar la imaginación humana y contribuye a crear una realidad subjetiva que va en paralelo con la objetiva.

Con todo ello podemos concluir que simplemente el ser humano no desciende del mono.

Add Your Comment